¿A
cuánto se eleva el número de inmigrantes subsaharianos hallados muertos el
pasado 6 de febrero cuando pretendían acceder a Ceuta por el espigón marítimo
del Tarajal? ¿A 9 como inicialmente se afirmó? ¿A 15 como se informa en la
actualidad? ¿A ellos hay que añadir 9 cuerpos más sin vida encontrados en las
aguas de Marruecos?
Quizás nunca sepamos el número exacto de víctimas, pues el
gobierno español y sus afines medios de comunicación no son, sobre todo en
estos casos, proclives a propagar la verdad. Dos cosas, en mi opinión, son sin
embargo imposibles de ocultar: que esta tragedia se inscribe en una serie
interminable e insoportable de horribles dramas que han sufrido y sufren miles
de trabajadores en busca de un lugar donde poder vivir, y que la respuesta a
tiro limpio dada por las fuerzas represivas, hoy españolas y marroquíes,
obedece a la incapacidad del capitalismo de solucionar el problema de hambre y
miseria que sufre el tercer mundo. Un mundo explotado y expoliado de sus
recursos humanos y naturales por ese sistema depredador a lo largo de su
violenta existencia, y que como consecuencia de ello le ha condenado a la más
absoluta pobreza.
Hoy
España, pero también cualquier país de la UE, como ha sido el caso
recientemente en la isla italiana de Lampedusa, donde más de 300 inmigrantes
perecieron ahogados el pasado mes de octubre porque no se les podía socorrer so
pena de ser procesado “por favorecer la inmigración clandestina”, pretende
hacernos creer que el drama es irresoluble y que, además, es producto del
tráfico perpetrado por crueles mafias; cuando no ocasionado por “invasiones
organizadas por los propios inmigrantes”. De ahí las propuestas gubernamentales
o la pretendida “política migratoria de la UE” de “aumentar la seguridad y el
control de la inmigración ilegal en las zonas críticas”, es decir, aumentar la
represión y el terrorismo por todos los medios, incluido, por ejemplo, el de la
utilización de las criminales cuchillas instaladas en la verja altamente
militarizada de Melilla, construida, dicho sea de paso, por el gobierno
socialdemócrata de Felipe González en 1993. Añadiendo, con los habituales
descaro y desvergüenza, que de ese modo “se evitará el drama que vive
actualmente la inmigración”. O lanzando sofismas al estilo de “desarrollar la
cooperación internacional para una política de inmigración más humana”. Cuando
lo que realmente persiguen estos saqueadores impenitentes es crear, en el tema
que comentamos, una frontera colonial/nacional entre España y Marruecos, pero
igualmente, y de una manera más amplia, una frontera económica entre Europa y
África, una frontera geopolítica entre Norte y Sur, una frontera religiosa
entre cristianismo e islam, para, de ese modo, perpetuar la división entre
países ricos y pobres, con el único y primordial objetivo de que los primeros
sigan esquilmando en su beneficio a los segundos, razón fundamental de la
existencia del capitalismo. ¿O es que es invención de los comunistas que el 1%
de la población, la oligarquía, posee la mitad de la riqueza mundial?
Por
todo lo expuesto, la solución definitiva, también para el problema migratorio,
nace de un análisis materialista científico, tanto nacional como internacional,
y pasa necesariamente por la destrucción del sistema de producción capitalista
(causa de toda injusticia y desigualdad) y por la construcción (para impedir
esa causalidad) de una nueva sociedad: justa, democrática y solidaria que, hoy
por hoy, no es otra que la sociedad socialista. Es decir, una sociedad que no
cimente su desarrollo político, económico, social y cultural en la explotación
del hombre por el hombre y en la apropiación privada de la riqueza creada, sino
en la distribución equitativa de la misma a través de la socialización de los
medios de producción. Y esa “revolución socialista” deberá laborarse en el sentido
más literario de la palabra tanto en los países de los que proceden los flujos
migratorios, en su mayoría democracias de corte occidental cómplices del drama
migratorio actual, como en los países del llamado primer mundo. Lo demás, todo
lo que nos sirvan en bandeja de plata las oligarquías y sus serviles medios de
comunicación nacionales e internacionales para resolver el problema, quedará en
agua de borrajas, en puro engaño para adormecernos políticamente y así
eternizar su terrible dominio. ¿Demagógica deducción? ¿Trasnochado análisis
marxista?, más bien radical y realista porque va a la raíz y a la realidad del
problema: la pobreza de muchos hace la inmensa riqueza de unos pocos. Así,
mientras este estado de cosas se mantenga, tragedias como las de Lampedusa y
Ceuta serán inevitables porque al hambre y a la miseria no las pueden detener
ni con las vallas homicidas ni con las leyes racistas que las protegen.
José L.
Quirante
