A estas alturas de la película, el Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, parece ser el único que no se entera de lo que está pasando en este país.
Y todo ello, a pesar de sus quince ministros, sus numerosos secretarios de
estado, sus numerosos directores generales de la cosa más insospechada, su más
numeroso equipo de asesores-galácticos, sus ciento y pico diputados y sus
ciento y pico senadores. Así que a uno le asalta esta duda: ¿Es que no hay
nadie entre todas esas personas que salga diariamente a la calle y le tome el
pulso a la realidad? La respuesta, visto lo visto, es evidente: NO.
Según cuentan en los telediarios (aviso importante: aconsejo a todo el
mundo no ver los telediarios, está ampliamente demostrado que sus mentiras y
sus manipulaciones producen diarrea mental), la prima de riesgo ha bajado tanto
que ya no es un problema para la economía española. Y es que según esos mismos
telediarios, Rajoy y su equipo están haciendo sus deberes, los que le ha
impuesto la UE, el FMI y el BCE, con tan buena caligrafía que los mercados,
ahora sí, empiezan a confiar en sus reformas y en sus recortes. Qué chico tan
obediente, este Rajoy.
Lástima que la realidad sea terca como una mula y se empeñe en demostrar lo
contrario. Porque los datos económicos (los del gobierno, por supuesto) y los
pesos pesados del PP dirán una cosa, pero la calle dice otra muy distinta. Y no
hace falta haber estudiado en Yale o Harvard para saber que lo que dice la
calle, mientras no se demuestre lo contrario, es lo que vale, porque lo quieran
ellos o no, es lo único fiable. Y la calle dice cosas que no son agradables a
los oídos de Rajoy, Sáenz de Santamaría, Cospedal, Montoro o de Guindos. Cosas
como que España camina, pasito a pasito, hacia el abismo de los siete millones
de parados. Hace unos meses, hablábamos de cinco millones. Hoy, gracias a la
reforma laboral y a la política económica llevada a cabo por Rajoy y sus
ministros, ya hemos pasado de los seis millones, y todo parece indicar que si
un milagro no lo remedia —y no creo que estemos para invocar milagros—, pronto
alcanzaremos la cifra récord de siete millones de desempleados.
La calle nos dice, también, que un gran número de esos parados lleva tanto
tiempo sin trabajar que muchos de ellos no son capaces de precisar cuándo lo
hicieron por última vez. Y nos dice que la mitad de los jóvenes de este país
están cruzados de brazos, sin haber trabajado un solo día de su vida, sin
esperanzas de conseguir nada a corto o medio plazo, y todo ello, a pesar de
haberse pasado la mayor parte de sus vidas estudiando duro, de haber ido a la
universidad y de tener un título que los acredita como ingenieros, arquitectos,
médicos o maestros. La calle nos dice que muchos de estos jóvenes están
pensando en emigrar a otros países, si es que no lo han hecho ya, para
servirles los cafés, cuidarles a los hijos, o directamente, limpiarles la
mierda a los ricos europeos del norte, porque estos, al parecer, sí tienen
empleos y no tienen Rajoys que los arruinen poco a poco.
La calle también nos dice que un montón de vidas han quedado o están
quedando destruidas por completo. Cada nuevo día, unas cuantas familias pierden
su hogar, viéndose obligadas a vivir con algún familiar, o a alojarse donde
buenamente puedan. Cada nuevo día, más y más gente, tiene que acercarse a un
comedor social, a una ONG, o a un contenedor de basura situado estratégicamente
junto a un supermercado, para poder comer. Cada día que amanece, más y más
gente pasa a formar parte del ejército de los excluidos, de los que nada
tienen, de los, digámoslo sin eufemismos, pobres de solemnidad. Y estoy
hablando de personas que hasta hace bien poco, cuando veían a alguien pidiendo
en la calle o rebuscando en la basura, no se les pasaba por la cabeza que un
día, también ellos, se verían en esas dramáticas circunstancias.
Y si uno se mueve por la calle, y se para un poco a escuchar las voces de
la gente, algo que al parecer no acostumbran a hacer los gobernantes de este
país, oirá estas y otras cosas por el estilo. Cosas como el murmullo de la masa
desengañada, cabreada y asqueada. Una masa que cada día que pasa, siente una
desafección más profunda hacia el sistema, hacia los políticos, hacia el rey y
su familia, hacia los jueces y hacia el copón bendito. Una masa que ya no
soporta las mentiras y la desfachatez de quienes gobiernan. Una masa que ya no
quiere escuchar el cuento de la prima de riesgo, el déficit o los mercados. Una
masa que ya no se traga el doble rasero de medir —uno para los ricos, otro para
los pobres— que impera en la sociedad española. Una masa que hasta ahora ha
sido pacífica, pero que dadas las circunstancias, nadie puede afirmar con
rotundidad hasta cuándo va a seguir siéndolo. Una masa al borde del cataclismo.
