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UPOA 8 DE MARZO 2019

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15 de mayo de 2013

LO QUE DICE LA CALLE


 A estas alturas de la película, el Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, parece ser el único que no se entera de lo que está pasando en este país.
Y todo ello, a pesar de sus quince ministros, sus numerosos secretarios de estado, sus numerosos directores generales de la cosa más insospechada, su más numeroso equipo de asesores-galácticos, sus ciento y pico diputados y sus ciento y pico senadores. Así que a uno le asalta esta duda: ¿Es que no hay nadie entre todas esas personas que salga diariamente a la calle y le tome el pulso a la realidad? La respuesta, visto lo visto, es evidente: NO. 

Según cuentan en los telediarios (aviso importante: aconsejo a todo el mundo no ver los telediarios, está ampliamente demostrado que sus mentiras y sus manipulaciones producen diarrea mental), la prima de riesgo ha bajado tanto que ya no es un problema para la economía española. Y es que según esos mismos telediarios, Rajoy y su equipo están haciendo sus deberes, los que le ha impuesto la UE, el FMI y el BCE, con tan buena caligrafía que los mercados, ahora sí, empiezan a confiar en sus reformas y en sus recortes. Qué chico tan obediente, este Rajoy.
Lástima que la realidad sea terca como una mula y se empeñe en demostrar lo contrario. Porque los datos económicos (los del gobierno, por supuesto) y los pesos pesados del PP dirán una cosa, pero la calle dice otra muy distinta. Y no hace falta haber estudiado en Yale o Harvard para saber que lo que dice la calle, mientras no se demuestre lo contrario, es lo que vale, porque lo quieran ellos o no, es lo único fiable. Y la calle dice cosas que no son agradables a los oídos de Rajoy, Sáenz de Santamaría, Cospedal, Montoro o de Guindos. Cosas como que España camina, pasito a pasito, hacia el abismo de los siete millones de parados. Hace unos meses, hablábamos de cinco millones. Hoy, gracias a la reforma laboral y a la política económica llevada a cabo por Rajoy y sus ministros, ya hemos pasado de los seis millones, y todo parece indicar que si un milagro no lo remedia —y no creo que estemos para invocar milagros—, pronto alcanzaremos la cifra récord de siete millones de desempleados.
La calle nos dice, también, que un gran número de esos parados lleva tanto tiempo sin trabajar que muchos de ellos no son capaces de precisar cuándo lo hicieron por última vez. Y nos dice que la mitad de los jóvenes de este país están cruzados de brazos, sin haber trabajado un solo día de su vida, sin esperanzas de conseguir nada a corto o medio plazo, y todo ello, a pesar de haberse pasado la mayor parte de sus vidas estudiando duro, de haber ido a la universidad y de tener un título que los acredita como ingenieros, arquitectos, médicos o maestros. La calle nos dice que muchos de estos jóvenes están pensando en emigrar a otros países, si es que no lo han hecho ya, para servirles los cafés, cuidarles a los hijos, o directamente, limpiarles la mierda a los ricos europeos del norte, porque estos, al parecer, sí tienen empleos y no tienen Rajoys que los arruinen poco a poco.     
La calle también nos dice que un montón de vidas han quedado o están quedando destruidas por completo. Cada nuevo día, unas cuantas familias pierden su hogar, viéndose obligadas a vivir con algún familiar, o a alojarse donde buenamente puedan. Cada nuevo día, más y más gente, tiene que acercarse a un comedor social, a una ONG, o a un contenedor de basura situado estratégicamente junto a un supermercado, para poder comer. Cada día que amanece, más y más gente pasa a formar parte del ejército de los excluidos, de los que nada tienen, de los, digámoslo sin eufemismos, pobres de solemnidad. Y estoy hablando de personas que hasta hace bien poco, cuando veían a alguien pidiendo en la calle o rebuscando en la basura, no se les pasaba por la cabeza que un día, también ellos, se verían en esas dramáticas circunstancias.
Y si uno se mueve por la calle, y se para un poco a escuchar las voces de la gente, algo que al parecer no acostumbran a hacer los gobernantes de este país, oirá estas y otras cosas por el estilo. Cosas como el murmullo de la masa desengañada, cabreada y asqueada. Una masa que cada día que pasa, siente una desafección más profunda hacia el sistema, hacia los políticos, hacia el rey y su familia, hacia los jueces y hacia el copón bendito. Una masa que ya no soporta las mentiras y la desfachatez de quienes gobiernan. Una masa que ya no quiere escuchar el cuento de la prima de riesgo, el déficit o los mercados. Una masa que ya no se traga el doble rasero de medir —uno para los ricos, otro para los pobres— que impera en la sociedad española. Una masa que hasta ahora ha sido pacífica, pero que dadas las circunstancias, nadie puede afirmar con rotundidad hasta cuándo va a seguir siéndolo. Una masa al borde del cataclismo.