Desde hace bastante tiempo, no pasa una
sola semana en que no se destape un nuevo caso de corrupción: el de la ITV, el
Gurtel, los ERES, los trajes de Camps, la CAM, Carlos Dívar, el caso Bárcenas,
el caso Noos, etc., etc.
España apesta a
mierda. Por muchas vueltas que le demos al asunto y por muchos eufemismos que
queramos usar, no se me ocurre otra manera de decirlo. Un espeso, asqueroso e
insoportable olor a mierda se ha extendido por los cuatro puntos cardinales de
este país hasta que finalmente, ha conseguido apoderarse de todo el territorio
del estado español. No importa el lugar donde vivamos. No cabe hacer
distinciones entre las distintas regiones, comunidades autónomas o ciudades,
aunque es bien cierto que algunos sitios huelen un poco peor que otros.
España entera se ha
visto invadida por el desagradable olor que despiden sus políticos, sus
banqueros, los sindicatos mayoritarios, las principales instituciones del
estado, desde el gobierno de la nación a la Casa Real, desde el Tribunal
Supremo o el Constitucional a las Comunidades Autónomas, pasando por el
Congreso o el Senado y sin olvidarnos de los parlamentos autonómicos, las
Diputaciones Provinciales o los Ayuntamientos. Como digo, es un olor
nauseabundo, que se adhiere a las fosas nasales y no hay forma de quitárselo de
encima. Así, de buenas a primeras, es como el olor de la mierda, pero mucho
peor. Y es que en realidad es el olor de la corrupción y el de los corruptos.
Desde hace bastante
tiempo, no pasa una sola semana en que no se destape un nuevo caso de
corrupción: el de la ITV, el Gurtel, los ERES, los trajes de Camps, la CAM,
Carlos Dívar, el caso Bárcenas, el caso Noos, etc., etc. Son tantos y tan
variopintos que tratar de elaborar una lista minuciosa se antoja tarea
hiperbólica y nos llevaría algunas horas y además siempre correríamos el riesgo
de olvidarnos algún nombre importante. Los telediarios —sin ir más lejos, el de
hoy a mediodía— se han vuelto monotemáticos: Bárcenas, Urdangarín, Pujol,
Fabra, Isabel Pantoja y Julián Muños, Zoe Alameda y Carlos Cuevas, etc., etc.
Sólo con estos nombres hay para llenar varias horas de parrilla televisiva y
cientos de miles de páginas impresas. Pero es que hay muchos más. La corrupción
está tan extendida entre los principales partidos políticos que nadie está libre
de culpa. PP, PSOE y CIU son, por razones obvias, los más activos. Pero casi
nadie escapa indemne. Al final va a resultar cierto eso de que la culpa es del
poder, que corrompe, y de la condición humana, que se deja corromper, como
diría Shakespeare.
Lo de los últimos días ha sido la gota
que colma el vaso. Me refiero, como no, a los ya célebres “papeles de
Bárcenas”. Si llega a confirmarse la veracidad de lo que estos días han
publicado El Mundo y El País, y todo apunta a que acabará confirmándose, estaríamos
ante un escándalo de tal magnitud que no me atrevo ni a calcular sus
consecuencias. Porque, ¿qué podemos esperar de los dirigentes de un país que se
mueven por el mundo como si fuesen integrantes de la Cosa Nostra o de la
Camorra? ¿Qué podemos hacer frente a unos políticos que estafan, engañan,
roban, crean leyes a su medida, y se sitúan por encima del bien y el mal? ¿Qué
podemos pensar de unos tipos que se sacan de la manga una amnistía fiscal para
salvar el culo a sus amigos? ¿Qué podemos pensar de un Estado que manda a la
cárcel a un ex toxicómano rehabilitado e indulta a los peces gordos que se han
llevado miles de millones?
La respuesta es obvia.
Podemos —y debemos: es una obligación moral con respecto a nosotros mismos pero
también hacia los demás— organizarnos. Plantarles cara. Obligarlos a que se
vayan. No participar de esta terrible farsa que es el sistema actual español.
Tenemos que hacerles ver que no los queremos y lo que es mejor, que no los
necesitamos. Que se enteren de una vez. No los necesitamos. Porque en verdad,
no nos hacen falta para nada. Urge abrir de par en par las ventanas y las
puertas, todas, para que entre el aire puro. Sólo así podremos conseguir que
este olor a mierda que lo invade todo desaparezca. De lo contrario, corremos el
riesgo de asfixiarnos.
