Hace unos días, varios diarios publicaban una noticia que tenía que ver con
el consumo de Trankimazin y otros fármacos parecidos, de los que se usan para
combatir la depresión y la ansiedad.
La noticia hacía
hincapié en el hecho de que el aumento del consumo se ha producido entre la
gente que se ha visto más afectada por el huracán de la estafa económica: los
desahuciados, los desempleados, los que tienen que ir a un comedor social para
darle de comer a sus hijos, los que ven su futuro pendiendo de un hilo, o
directamente lo han visto escaparse por el retrete, en definitiva, los parias
del estado del bienestar.
Lo más chocante de la noticia era los consejos de la
OCU para solucionar los problemas. Y es que este organismo aconsejaba a la
gente que consume estos medicamentos un cambio profundo en su estilo de vida,
como el que cambia de peinado, y que en vez de tomar fármacos, hagan ejercicio,
coman de forma más saludable, o salgan con amigos. En resumen, que aprendan a
tomarse la vida, con sus problemas y sus adversidades de una manera menos
traumática. Parece que es una broma de mal gusto, pero no, todo esto es
completamente cierto. Como si una persona que se ha quedado sin trabajo, sin
casa y sin dinero para comprar comida y ropa a su familia, una persona que no
puede pagar el alquiler o la hipoteca de su vivienda, una persona acuciada por
las deudas, pudiera tomarse la vida con más sosiego o con menos dramatismo.
Lo malo de todo esto
es que, como pasa en otros aspectos de la vida, sólo afecta a los más
desfavorecidos, mientras que los ricos no tiene que tomar mierdas de este tipo
para poder aguantar día a día. ¿O acaso uno se imagina a Emilio Botín, Rodrigo
Rato Florentino Pérez y los demás hijoputas que controlan este mogollón
enganchados al trankimazín? Pues no, la verdad. Es evidente que la gentuza como
ellos sólo es adicta a los billetes de 500 euros.
Rafael Calero Palma
