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13 de marzo de 2017

DESIGUALDADES DE GÉNERO EN EL MERCADO LABORAL: QUEREMOS EMPLEO, TRABAJO NOS SOBRA

Si el trabajo es actividad y esfuerzo, las condiciones de dicha actividad que produce bienes o servicios para uso o para intercambio, que puede remunerarse o no y el empleo son las funciones que realizamos para ganarnos la vida y tiene que ver con el acceso y salida del mercado laboral ¿Por qué se usan como sinónimos? Esa confusión lleva a no ver que tenemos una relación contradictoria, igual que los hombres, con el trabajo y el empleo. Contradicción entre el ideal de independencia y la necesidad de subsistir, entre si el trabajo de las mujeres es liberación o alienación y, en la práctica, nos conduce a larguísimas y agotadoras jornadas con y sin remuneración.

Hasta 26 horas semanales dedicamos las mujeres a actividades domésticas o de cuidados. Nos lo venden como decisión libremente adoptada y así justifican nuestra posición secundaria e infravalorada en el mercado laboral. Nosotras sabemos que, sin socialización del trabajo familiar (cada vez más complicado con la desaparición de los pocos servicios públicos), se consolida nuestra doble jornada mientras tenemos que defender empleos e independencia económica en condiciones de máxima precariedad y desgaste personal.

La división entre hombres y mujeres en función del trabajo remunerado y no remunerado es una de las principales discriminaciones, ya antes del acceso al mercado laboral, desde luego los motivos de la “inactividad” varían significativamente en función del sexo. Mientras en los hombres predomina la condición de “jubilado o prejubilado” (63,0%), entre las mujeres predomina la dedicación a los “trabajos del hogar” (37,1%). Esa inactividad por razones de carácter familiar nos aboca a la economía informal (sumergida) o al tiempo parcial. El 74,19% del total de personas que trabajan a tiempo parcial son mujeres frente al 25,81% de los hombres, no es una ordenación del tiempo de trabajo, lo impone el empresario o empresaria y es la propuesta de la UE para que conciliemos empleo y vida familiar.
Se nos abrieron las puertas de la producción por la necesidad de mano de obra barata, no anteayer, que ya en los siglos XIV-XVII (en el marco de las luchas entre la burguesía ascendente y la aristocracia) las mujeres que salían del campo feudal eran aprendices de artesanos, estaban en los talleres, y luego integraron el trabajo a domicilio y la manufactura en terribles condiciones. Los y las capitalistas miden del desarrollo económico en tasas de actividad e incorporación femenina al trabajo asalariado, ignorando el trabajo reproductivo no remunerado, echando cuentas se “interesaron” en la igualdad pues calculan un crecimiento del 4% con una incorporación femenina mayor, nada importan las mejoras o retrocesos del nivel de vida, las rebajas salariales, el aumento del número de horas de trabajo asalariado. Nos venden la mona del empoderamiento y de la igualdad, pero se trata de apropiación de nuestra fuerza de trabajo productiva y reproductiva y de perpetuación de desigualdades estructurales.
Tenemos menor presencia como fuerza de trabajo, pese a que la actividad laboral femenina no ha dejado de crecer en 1976 (28,8%), en 2012 (53,3%), en 2016 (53,41%). Una vez incorporadas, distintos trabajos y condiciones según el sexo, segregación que arrastramos con lo que se conoce como discriminación “horizontal”. Nuestros empleos se concentran en actividades “más femeninas”: empleadas hogar, servicios sociales, actividades industriales de limpieza, enseñanza primaria, servicios personales, confección, comedores colectivos, actividades sanitarias, comercio al por menor. Además, dentro de la desvalorización general de la fuerza de trabajo, el trabajo masculino tiene mayor valor y de ahí las diferencias salariales de entre un 15% a un 30% según las fuentes.
Nuestra relación con el trabajo asalariado en busca de independencia y valoración social no nos ha liberado de la “esclavitud domestica” y además significa dobles jornadas, peores condiciones de acceso y permanencia en el mercado laboral, mayor índice de paro femenino (20,25 % frente a un 17,22% de paro masculino), una brecha de participación laboral y salarial que empeora en las etapas “procreativas”, peor calidad en el empleo, y todo eso desemboca en un deterioro de nuestras condiciones de vida, en las tasas de mortalidad, de morbilidad, de pobreza… y, como colofón, en peores pensiones.
Lola Jimenez