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9 de mayo de 2016

ELECCIONES: QUIÉN ES QUIÉN

PP, PSOE, Podemos, Ciudadanos, IU-UP… todos apuntalan el capitalismo
En el momento en que se escribe este artículo, al cierre de esta edición de Unidad y Lucha, parece claro que va a haber nuevas Elecciones Generales el 26 de junio. Más de cuatro meses y medio después del 20-D se producirá una nueva convocatoria electoral, ya que los distintos Partidos de la burguesía parece que no se han puesto de acuerdo en los términos para poder formar un nuevo Gobierno mínimamente estable.

Si bien es cierto que el resultado de las Generales de diciembre, donde ningún Partido tenía una clara mayoría, hacía prever las dificultades de estos últimos meses, mucha gente tenía en mente la posibilidad de un pacto “a la catalana”, in extremis, parecido al que llevó a la CUP a apoyar a Junts pel Sí cuando ya nadie creía posible un acuerdo. A varios días para que expire el plazo fijado por la legislación electoral, todavía cabe una sorpresa de última hora, pero todo parece indicar que nos enfrentaremos a una nueva convocatoria electoral.

De hecho, hace ya varias semanas que esta idea va calando entre la población. Normal, si tenemos en cuenta que los plazos se han ido agotando y no parece que haya vías abiertas de negociación entre los Partidos burgueses, más preocupados por no aparecer ante la opinión pública como los culpables de las nuevas elecciones y, casi con toda probabilidad, sufrir un fuerte castigo en votos el 26-J.
La maquinaria del marketing ya se ha puesto en marcha –o quizás nunca se paró– y los discursos se centran en tratar de legitimar la posición de cada cual, en aparecer como el más comprometido con el diálogo, en acusar al otro de no querer hablar, en hacer gestos de cara a la galería para “volver a conectar” con el hipotético votante sin rostro que, durante los últimos meses, ha visto cómo lo que decían los Partidos en campaña, las promesas y los programas, se han ido yendo por el retrete.

Rajoy, Sánchez y la gran coalición.

La apuesta del PP, toda vez que los resultados electorales dejaban claro que no tendrían, ni de cerca, la mayoría absoluta de 2011, fue inicialmente evitar poner a Rajoy en el disparadero del resto de Partidos. Cuatro años de recortes salvajes, de corrupción a mansalva, de gestos tan despreciables como aquel “que se jodan” –dirigido a las personas paradas– de la diputada Andrea Fabra, tenían su consecuencia, y nadie estaba dispuesto a apoyar al PP en una posible investidura.
Con su renuncia a presentarse a la investidura, Rajoy dejó la vía libre a Pedro Sánchez para intentar sus pactos, únicamente con la intención de ver cómo se estrellaba y así poder sacar a pasear la idea de la “gran coalición”, tomada de la política alemana y que, sistemáticamente, ha supuesto el descalabro de los Partidos socialdemócratas que han entrado en ese juego (SPD en Alemania, PASOK en Grecia, por ejemplo).
En realidad, la gran coalición no es más que el Partido del gran capital, que ya opera en los parlamentos burgueses –aunque sin necesidad de mostrarse abiertamente– de muchos países europeos, donde las diferencias entre socialdemócratas y conservadores son meros matices que desaparecen cuando se trata de llevar adelante políticas contra la clase obrera: pactos de estabilidad, reformas laborales, privatizaciones, ataques a las pensiones... De ahí que Pedro Sánchez y compañía hagan tanto hincapié –casi hasta el ridículo– en su rechazo a hablar con el PP, porque son muy conscientes de que sus políticas estratégicas son iguales: más UE, más “reformas estructurales”, más acatamiento de las indicaciones del BCE y el FMI, más integración con las políticas imperialistas de la OTAN, etc.

Rivera, “muleta” de quien sea.

La irrupción de los Partidos de refresco ha impedido que PP y PSOE pudiesen seguir jugando a practicar la gran coalición en lo material, pero no en lo formal, y el PP ha expresado abiertamente lo que es la preferencia de la fracción oligárquica de la burguesía: una gran coalición no sólo en lo material, sino también en lo formal, para garantizar otros cuatro años de saqueo abierto al pueblo trabajador.
Pero se han topado con un Pedro Sánchez que sabe que, si no es Presidente, tiene muy pocas opciones de volver a ser elegido Secretario General de un PSOE cuyo aparato teme, como a la peste, perder su posición de privilegio en la política española. Acosado por sus dos flancos, Sánchez se lanzó en brazos de Albert Rivera y su Partido, Ciudadanos. Un Partido al que, a pesar de haber dado el Gobierno andaluz a Susana Díaz, la maquinaria de propaganda del PSOE se empeñaba en identificar como “la muleta del PP” o “la nueva derecha” cuando, en realidad, lo que han hecho ha sido apoyar, sistemáticamente, al Partido que estaba en el Gobierno antes de las Elecciones municipales y autonómicas, uno u otro, dependiendo del lugar.
El pacto Sánchez-Rivera sigue siendo más de lo mismo. Incluye medidas para “aumentar el tamaño empresarial” –fomentar los monopolios–, para combatir “el capitalismo de amiguetes” (sic) mediante una “buena regulación y fomento de la competencia”, para “cumplir los nuevos objetivos de déficit que se negocien con las autoridades europeas”, para implantar un contrato temporal como el que planteaba Ciudadanos, entregar la Formación Profesional a las empresas o para promover unas “fuerzas armadas europeas”. Reformista y de progreso, como ellos dicen, de reforma del capitalismo para apuntalar al capitalismo. De progreso hacia más explotación y más saqueo para la mayoría.

Iglesias y Garzón a lo que surja (con permiso de Errejón).

Ciudadanos, sin tener todavía la mancha del PP, sirve de pantalla para que el PSOE se mantenga donde le corresponde, mientras los nuevos socialdemócratas de Podemos se desgañitan y se enfadan por no ser ellos los que, sin corbatas y sin chaquetas, ayuden al PSOE a apuntalar el capitalismo, pero siendo un poco más “guay”, dando más cancha a los intereses de las capas medias a las que representan que, temiendo la proletarización consecuencia de la crisis capitalista, se han lanzado a querer gestionar el sistema para su hipotético beneficio, pero sin entender que el tiempo de la pequeña burguesía ya pasó y que, si quieren tocar poder, tendrá que ser a costa de no molestar excesivamente al gran capital y sus instituciones políticas y militares.
Se acepta la UE, se acepta el euro, se acepta la OTAN, se acepta la reforma laboral de Zapatero, se acepta cualquier cosa con tal de llegar a los sillones para llevar a cabo políticas tan “revolucionarias” como las de su querido Tsipras en Grecia. Incluso copian la idea de hacer un referéndum, aunque sea sólo interno y, esta vez sí, sin mucha posibilidad de traicionarlo porque tampoco es que haga falta todavía.
La previsión de nuevas elecciones lleva a los nuevos socialdemócratas a buscar un pacto con los viejos oportunistas, que necesitan imperiosamente el oxígeno financiero que les pueden dar unos cuantos escaños más y un grupo parlamentario propio. Hay muchas deudas pendientes en IU-UP, comienza a haberlas en Podemos, y ambos confían en que su “unidad” propicie superar electoralmente al PSOE para ser ellos los que marquen una negociación que, en lo esencial, seguirá siendo para “cambiar” lo necesario para que el capitalismo no caiga estrepitosamente, para que, quienes están sufriendo las consecuencias más duras de la crisis, no se rebelen de verdad.
Los límites que tiene “el cambio” los hemos visto ya. A todos estos Partidos los hemos visto ya en acción, hemos comprobado su utilidad para la mayoría obrera y popular. Ya no necesitamos más cambios, necesitamos una revolución.

Ástor García