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31 de agosto de 2015

UN DOLOR PERSONAL E INTRANSFERIBLE

El recuerdo no sólo destruye, sino que construye.
Eduardo Haro Tecglen
Su historia es universal. Su dolor, sin embargo, es personal e intransferible. Su dolor únicamente le pertenece a él. Al igual que miles de niñas y niños españoles, Antonio perdió a su padre en los días que siguieron al golpe de estado del general Franco.
—¿Está usted preparado?, le pregunto.
Me mira a los ojos y me dice que sí con la cabeza. En ese mismo instante aprieto el botón rojo de la grabadora y empieza a hablar.
El hombre que tengo sentado frente a mí se llama Antonio Cabello Paniagua. Antonio es huérfano de padre desde que tenía tres años. Ahora, cuando estamos grabando esta entrevista, está a punto de cumplir setenta y ocho. Es decir, ha sido huérfano desde su más tierna infancia. Prácticamente, toda su vida. Su historia es universal. Su dolor, sin embargo, es personal e intransferible. Su dolor únicamente le pertenece a él. Al igual que miles de niñas y niños españoles, Antonio perdió a su padre en los días que siguieron al golpe de estado del general Franco. Su padre desapareció para siempre, tragado por las aguas podridas de la infamia con que los fascistas regaron las tierras de España, a partir de aquel fatídico dieciocho de julio de mil novecientos treinta y seis.

No es esta la primera vez que Antonio habla de este tema ante una grabadora y probablemente tampoco sea la última. Desde hace unos años, este hombre, como les ha ocurrido a muchas otras víctimas, testigos presenciales del holocausto franquista, mujeres y hombres que vivieron aquellos acontecimientos en primera persona, ha decidido quitarse la loza que tenía encima, una lápida que lo atenazaba y le impedía expresar con absoluta libertad sus sentimientos.
La palabra clave en todo este proceso de recuperación de la memoria histórica que la sociedad española ha puesto en marcha es silencio. Durante muchos años, el silencio se fue extendiendo por nuestro país como una neblina, hasta cubrirlo todo. De los trágicos acontecimientos del año treinta y seis, simplemente, no se hablaba. Un pacto de silencio tácito impuesto por los verdugos que ha llegado, como quien dice, hasta anteayer. Pero ahora, todo esto ha empezado a cambiar. Ahora, de lo que se trata es de romper el silencio.
O mejor dicho, de sacudirse el miedo, de quitárselo de encima como se quita el polvo de los muebles. Desde hace un tiempo, hay mucha gente que ha perdido el miedo y quiere dejar constancia de su tragedia personal, o la de su familia, o la de algún vecino, para contribuir con sus testimonios en primera persona a que se conozca la verdadera historia de lo que aquí ocurrió, no la versión que nos contaron los voceros de los medios oficiales de la España franquista durante más de cuatro décadas. Antonio es una de estas personas.
Sabe que tiene el deber moral de reivindicar con su testimonio no sólo al político, al socialista, al sindicalista que fue Antonio Cabello Almeda, su padre, sino también al ser humano, un hombre con sus errores y sus aciertos, sus esperanzas y sus frustraciones, sus virtudes y sus defectos, un hombre cuyo único delito fue aspirar a un mundo más justo y más solidario que el que había conocido durante toda su vida. Por eso fue vilmente asesinado. Sólo por eso.
Sabemos por la biografía que el historiador Diego Igeño incluye en su obra Dictablanda y II República en Aguilar de la Frontera (1930-1936) que Antonio Cabello Almeda había nacido en Aguilar de la Frontera, aunque no se puede precisar con exactitud su fecha de nacimiento, ya que según el padrón de 1935, esta habría tenido lugar a principios del siglo XX, concretamente en 1902. No obstante, si hemos de hacer caso al dato que figura en el Registro Civil referente a su muerte, Antonio habría nacido a finales del siglo XIX, en 1897, para ser más exactos.

Sea como fuere, lo que sí parece quedar claro es que desde muy niño, Antonio sintió una gran pasión por saber, por aprender a leer y a escribir, por poder empaparse de todo lo que contaban los libros y la prensa. Y es que, siendo un niño, Antonio adivinó el poder emancipador de los libros, la capacidad que estos tenían para abrir los ojos de las clases populares, en definitiva, para romper las cadenas de la opresión y del feudalismo. Nunca jamás abandonaría su pasión por la lectura y el conocimiento, pues según cuenta su hijo Antonio, en el momento de su asesinato, tenía una buena biblioteca, —algo que no dejaba de ser raro en la época—, en la que eran abundantes los textos relacionados con el pensamiento político, la reforma agraria, el marxismo, etc., etc. En los días que siguieron al fusilamiento del líder sindicalista aguilarense, su viuda quemó la mayoría de los libros de su marido, tal era su miedo a las represalias, salvando tan solo unos pocos ejemplares que fueron tapiados en una habitación de la casa donde vivían.

Como ocurría en todos los hogares humildes, y mucho más en una localidad tan empobrecida como lo era Aguilar a principios del siglo XX, el pequeño Antonio pronto se tuvo que poner a trabajar para ayudar a su familia, principalmente en el campo, pero también en otros empleos, por ejemplo, según cuenta su hijo Antonio, trabajó durante una larga temporada en la construcción de la carretera Córdoba-Málaga.
Así fue pasando el tiempo y el pequeño niño se va transformando en un joven concienciado, con las ideas muy claras, como demuestran los artículos que publicó en la prensa obrera provincial de la época. En uno de estos artículos, publicado tras la Revolución rusa, Antonio se queja amargamente de la actitud de la burguesía andaluza, de sus comportamientos caciquiles y feudales, tratando a los jornaleros como si fuesen siervos de la gleba. De esta manera, Cabello no duda en calificar a estos burgueses de “canallas” e “indecentes” y les advierte que muy pronto los obreros andaluces tomarán ejemplo de sus hermanos rusos “para envolver en una ola revolucionaria a todos los culpables de esta tragedia y entonces reinará la paz y la justicia en Andalucía.” La lectura de este tipo de textos nos hace suponer que para esta época, Antonio Cabello Almeda ya está afiliado al PSOE y a la UGT y trabaja con ahínco para conseguir que la clase obrera mejore sus condiciones de vida, condiciones que, por otra parte, dejaban mucho que desear.
Hacia 1926 ó 1927 contrae matrimonio con Teresa Paniagua Molina, vecina de Aguilar, con quien, a la postre, tendrá cuatro hijos: Araceli, Manuel, Antonio y Andrés.
En 1931, los socialistas aguilarenses deciden concurrir a las elecciones municipales que tendrán lugar el día 12 de abril, en coalición con los republicanos. La coalición republicano-socialista se alza con la victoria, consiguiendo 13 concejales, frente a los 7 del bloque monárquico-conservador. Antonio Cabello Almeda consigue 247 votos y se convierte, por tanto, en concejal del Ayuntamiento de Aguilar. El día 15 de abril se constituye la primera corporación republicana, y Cabello Almeda es nombrado segundo teniente de alcalde. Los próximos años serán para Antonio de una frenética actividad política, participando activamente no sólo en su labor municipal como concejal sino también como orador en mítines, escribiendo artículos, como ya ha quedado dicho, y como representante de su partido, el PSOE, en diversos organismos, como la Comisión de Policía Rural o la Junta Provincial de Reforma Agraria.
El día 19 de noviembre de 1933, se celebran elecciones legislativas en España. Por primera vez, pueden votar las mujeres. Gracias al apoyo femenino, al de los agrarios y a los católicos que votan en masa por la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) y a la masiva abstención de los anarquistas, la derecha se hace con el poder. Comienza entonces el período conocido como Bienio Negro, que supone un fuerte retroceso en las políticas de progreso que la República había puesto en marcha hasta la fecha.
Aguilar de la Frontera, como no podía ser de otra manera, también se ve inmersa en ese fuerte retroceso democrático. Tanto Cabello Almeda como el resto de concejales socialistas son objeto de una terrible campaña de acoso y derribo orquestada desde el Gobierno Civil de Córdoba. Con motivo del levantamiento revolucionario de Octubre de 1934, la Guardia Civil registra las viviendas de muchos socialistas aguilarenses así como la Casa del Pueblo, en busca de armas, que, por supuesto, no aparecen, por la sencilla razón de que no existen.
Tras el estallido revolucionario que tiene lugar en Asturias en el mes de octubre de 1934, a todos los concejales socialistas y republicanos del ayuntamiento de Aguilar se les retira la condición de Concejal y se produce en el pueblo una gran purga laboral que afecta a los funcionarios municipales de tendencia izquierdista.
Esta situación se prolonga hasta febrero de 1936, cuando tras la victoria del Frente Popular en las elecciones legislativas celebradas el día 16 de febrero, a los concejales socialistas y republicanos aguilarenses se les devuelve su acta de concejal. De esta manera, Antonio Cabello vuelve a ser concejal del ayuntamiento de Aguilar.
Tan solo unas semanas más tarde, el día 21 de marzo de este mismo año, Antonio Cabello Almeda es nombrado miembro de la Diputación Provincial de Córdoba.
En palabras de Diego Igeño, Antonio Cabello “asiste a la última sesión celebrada por dicha institución el 17 de julio de 1936, lo que trae como consecuencia que el estallido de la sublevación le sorprenda en la capital.”
A partir de este momento, resulta complicado seguir las huellas de Antonio y estas parecen perderse en el maremágnum de acontecimientos que tuvieron lugar en aquellos días de julio. La prensa de aquellos días se hizo eco de su detención. Casi con toda seguridad Antonio fue fusilado en los primeros días del mes de agosto de 1936, y como ocurre en cientos de miles de casos en todo el territorio español, su cuerpo ha permanecido desaparecido desde entonces.
Ahora, en julio del año 2011, en un caluroso día del verano andaluz, su hijo Antonio y yo estamos sentados ante una grabadora. Es mediodía y el hombre que tengo enfrente de mí, me pregunta amablemente si me apetece tomar algo. Se acerca a la cocina y trae lo que le he pedido, agua fresca para mí y una cerveza bien fría para él. Luego seguimos hablando. Le pido que me hable de sus sentimientos, de sus emociones. Que me desvele las claves para poder entender qué ocurrió.

Entiendo que para él no debe ser fácil, pero su compromiso moral con la memoria de su padre y del resto de las personas fusiladas es tan fuerte que se lanza a contarme cientos de anécdotas. A lo largo de la conversación van apareciendo palabras comoperdón, como rencor, como odio, como olvido. Me dice que no puede perdonar. Y no puede hacerlo por una razón bien sencilla: ni a él ni a ningún miembro de su familia le ha pedido nadie, nunca, perdón. Me habla de lo difícil que fue su infancia.

Del dolor que supuso crecer sin poder hablar, ver, sentir, saber que tenía un padre. Me habla del dolor inmenso de su madre y de la valentía y dignidad de su tío. Me cuenta que cuando su tío volvió a Aguilar tras una larga estancia por distintos campos de prisioneros, la Guardia Civil fue hasta su casa y preguntó si allí vivía un rojo. Su tío contestó que allí lo que vivía era un soldado del Ejército Popular de la República. Después de ese día no volvieron a molestarlo. Me habla de su tía, humillada, rapada, obligada a tomar aceite de ricino y expuesta, como tantas y tantas mujeres, al escarnio público.

Me dice que lo peor de todo fue tener que seguir viviendo rodeado de franquistas. Soportar sus miradas de desdén. Su crueldad. Cruzarse con ellos por la calle. Entrar a una taberna y encontrarse allí con un asesino. “Eso era insoportable”, dice.

La conversación continúa y seguimos hablando de su militancia política en el PCE e IU durante varias décadas, de los tiempos de la clandestinidad, de la llegada de la democracia. Me habla de los camaradas muertos, del fascismo, del de antes y del de ahora (tan solo unos días antes de esta entrevista ha tenido lugar el terrible atentado en la isla noruega de Utoya, en la que un fundamentalista católico y ultraderechista ha matado a decenas de jóvenes militantes socialdemócratas).
Me habla del temor que sintió el día 23 de febrero de 1981 cuando un grupo de guardias civiles encabezados por el Teniente Coronel Tejero tomaron al asalto el Congreso de los Diputados (“No tuve miedo por mí, —me dice—, el miedo que sentí era por mis hijos, por mis vecinos, porque no volviera a ocurrir lo de la otra vez”). Hablamos de la corrupción política (“me da asco y rabia”, sentencia) que campa a sus anchas por nuestro país y de la terrible crisis económica que asola Europa. Y una y otra vez volvemos a la figura de su padre, por la que demuestra sentir una veneración casi religiosa.
Es consciente de lo difícil, casi imposible, que resulta encontrar los restos de su padre. Sin embargo, hombre obstinado como es, dice que mientras le quede un soplo de vida en el cuerpo no perderá la esperanza. Y todo esto lo dice con un brillo muy especial en los ojos. Un brillo que, lo confieso, me embarga de emoción.
Por Rafael Calero Palma