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12 de enero de 2017

LORCA, UNAMUNO Y LA MEMORIA


Durante mi estancia en España, allá por los años 2003 y 2004, me percaté de que ese país vivía un momento curioso en torno a la Guerra Civil Española y al Franquismo, gobierno de corte fascista y totalitario que sucedió al conflicto. Surgían voces por todos lados, en las calles, en bares y reuniones de amigos; en los medios de comunicación, en el cine, la radio y la literatura. Tales voces iban principalmente dirigidas a evidenciar los horrores de la guerra lo mismo que los de la dictadura franquista. Empero, escuché voces que pugnaban por la reconciliación y el olvido. 


En esos años, estudiaba en la Universidad de Salamanca un doctorado en Literatura de Vanguardia de España e Hispanoamérica, y llevé un estupendo curso sobre surrealismo español impartido por Víctor García de la Concha que ya en ese momento ostentaba el cargo de Director de la Real Academia Española de la Lengua y hoy, Director del Instituto Cervantes. Lo que más me atrajo de esa vanguardia literaria fue el poeta granadino Federico García Lorca y su poemario Poeta en Nueva York, donde intuí una clara relación de su poesía con la marginalidad. Su muerte a manos de las fuerzas franquistas dio sentido cultural y literario a la condena del mundo a la Guerra Civil y a las formas de los franquistas. De hecho, como consigna José Andrés Rojo en un artículo publicado en El País el pasado 3 de enero, un connotado militar fundador de la Legión en España, José Millán Astray habría interpelado a don Miguel de Unamuno –en ese momento rector de la Universidad de Salamanca– en pleno discurso un 12 de octubre de 1936; al no concederle la palabra Unamuno, Millán gritó “¡Mueran los intelectuales!” 



Lorca fue asesinado en agosto de ese mismo año, como bien señaló Millán Astray, cruel evidencia de lo que habría de venir no sólo en España, sino en buena parte de un Occidente afectado por la vena de la ultra derecha y del pensamiento más xenófobo, homofóbico y racista que hubiera presenciado la humanidad completa, hasta hace poco en nuestro mundo actual, cada vez más cerrado. o curioso, es que el año pasado en que se cumplieron 80 años del inicio de la Guerra civil lo mismo que la muerte de Lorca y de Unamuno –murió en diciembre de ese año–, la Biblioteca Nacional de España, a través de su Biblioteca Digital Hispánica, digitalizó y publicó en libre acceso, las obras completas de numerosos escritores que vieron la muerte ese 1936. Por supuesto, como menciona Rojo, el “hecho de que estén disponibles las obras de los escritores que murieron hasta ese 31 de diciembre de 1936 es una oportunidad más para volver a recuperar el hilo de sus reflexiones o para volver a habitar en sus novelas o en los versos de sus poemas. 


Fueron años terribles los de la década de los treinta del siglo pasado. El crack económico del año 29 condujo a centenares de miles de familias a la miseria y se fueron exacerbando las tensiones sociales que muchos querían aprovechar para dinamitar a unas débiles democracias siguiendo la estela de la Revolución Rusa. Pero estaba también el fascismo de Mussolini y Hitler había conquistado el poder. Y los viejos rencores nacionalistas alimentaban los furores de los discursos totalitarios”. En efecto, los escritores, filósofos, pintores, escultores, periodistas, son personas de su época y viven sus obsesiones a través del tiempo y el contexto que les rodea. Es un buen propósito publicar en libre acceso los textos de estos intelectuales de cuya lectura podemos entresacar pensamiento, reflexión y crítica sobre los tiempos que les tocaron vivir.

La cavilación viene a cuento pues en los tiempos que nos tocan vivir, donde la crisis económica y la vacuidad axiológica que nos aqueja son fermento estupendo para que tal pensamiento conservador se reavive, no nos cabe duda que se repetirá la frase “¡Muerte a los intelectuales!” Es de esperar que tal sentencia venga de la estulticia de la superficialidad del consorcio Televisa con sus productos artificiales y artificiosos y que viene abonando desde hace años al desmantelamiento de la reflexión y la crítica. Es de esperar también, que esa crítica venga de las propias universidades, convertidas ya en una suerte de centros de capacitación donde lo que se tiene que evitar a toda costa es la “teorización excesiva” y donde los intelectuales son esos seres incómodos que todo lo reflexionan y poco aportan a la praxis, máxima neoliberal de la acción. 

Habrá que esperar el peor de los escenarios, uno donde estadistas como Trump, donde los fundamentalismos del mundo y donde los partidos de ultraderecha han de atentar contra los intelectuales en una cruel manifestación de su homofobia, xenofobia, racismo y estupidez. Rojo culmina de esta manera su aportación: “En septiembre de ese año, Unamuno le dijo al escritor griego Nikos Kazantzakis, que acudió a entrevistarlo en Salamanca, que lo que les estaba pasando a los españoles obedecía a que no creían en nada. ‘¡En nada! ¡En nada! Están desesperados’, le dijo. Y le explicó: ‘Desesperado es el que sabe muy bien que no tiene dónde agarrarse, que no cree en nada, y como no cree en nada le posee la rabia’. Qué mala consejera esa rabia. Como la de Millán Astray. Y qué ejemplar el temple de aquel intelectual con nada más que dos o tres ideas. Si es cierto que esta época tiene algo que ver con aquélla, como dicen algunos, no está mal tomar nota”. Y tomarla en serio, no sea que sigamos cargando mártires en nuestra conciencia “moderna”.

Israel León O'Farrill