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26 de octubre de 2013

AGUILAR DE LA FRONTERA. (1873) LA LLEGADA DE LA PRIMERA REPÚBLICA

“… se ha olvidado toda la historia del proletariado andaluz , … el proletariado andaluz y el catalán han sido los dos ejes de la evolución obrera española, el levantamiento de los campesinos y los sucesos de Aguilar y Montilla de 1873”.
La llegada de la I República, puso de manifiesto las vacilaciones iniciales, de un monarca, Amadeo de Saboya, cuando la situación, cada vez más difícil de controlar, forzó su abdicación. Tras la revolución de 1868, España comenzó a vivir un periodo histórico, marcado por la creación de las Juntas Revolucionarias y conocido como el “sexenio revolucionario”. Seis años marcados por las agitaciones políticas, fomento del paro y el hambre.  El día once de febrero de 1873, tras la renuncia a la corona del efímero rey Amadeo I, fue proclamada la Primera República Española, que resultaría aún más efímera que la estancia en España del rey saboyano.

     Ese día, el once de febrero es una fecha que suele pasar desapercibida, y sobre la cual se ha extendido un manto pesado y oscuro de olvido.     El Diario de Sesiones de Cortes correspondiente a esa fecha recoge la comunicación de renuncia del rey Amadeo I, devolviendo la Corona a la Nación.

                                                                                                                                                                                            NÚMERO 108
                                                                                                                                                                      DIARIO DE SESIONES DE CORTES
                                                                                                                                                                      CONGRESO DE LOS DIPUTADOS.
                                                                                                                                      SESION DEL LUNES 10, MARTES 11 Y MIÉRCOLES 12 DE FEBRER0 DE 1873.

    Al Congreso:

    Grande fue la honra que merecí a la Nación española eligiéndome para ocupar su trono, honra tanto más por mi apreciada, cuanto quo se me ofrecía rodeada de las dificultades y peligros quo lleva, consigo la empresa de gobernar un país tan hondamente perturbado.
Alentado , sin embargo , por la resolución propia de mi raza, que antes busca que esquiva el peligro; decidido a inspirarme únicamente en el bien del país y a colocarme por cima de todos los partidos; resuelto a cumplir religiosamente el juramento por mi prestado ante las Cortes Constituyentes, y pronto a hacer todo linaje de sacrificios por dar a este valeroso pueblo la paz que necesita, la libertad que merece y la grandeza a que su gloriosa historia y la virtud y constancia de sus hijos le dan derecho, Creí que la corta experiencia de mi vida en el arte de mandar seria suplida por la lealtad de mi carácter, y que hallaría poderosa ayuda para conjurar los peligros y vencer las dificultades que no se ocultaban a mi vista, en las simpatías de todos los españoles amantes de su Patria, deseosos ya de poner término filas sangrientas y estériles luchas que hace tanto tiempo desgarran sus entrañas.
Conozco que me engañó mi buen deseo. Dos años largos hace que ciño la Corona de España, y la España vive en constante lucha, viendo cada día más lejana la era de paz y de ventura que tan ardientemente anhelo. Si fuesen extranjeros los enemigos de su dicha, entonces, al frente de estos soldados, tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos ; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la Nación son españoles, todos invocan el dulce nombre de la Patria, todos pelean y se agitan por su bien ; y entre el fragor del combate, entre el confuso atronador y contradictorio clamor de los partidos, entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible atinar cual es la verdadera, y más imposible todavía hallar el remedio para tamaños males.
Lo he buscado ávidamente dentro de la ley, y no lo he hallado. Fuera de la ley no ha de buscarlo quien ha prometido observarla.
Nadie achacara a flaqueza de ánimo mi resolución. No habría peligro que me moviera a desceñirme la Corona si creyera que la llevaba en mis sienes para bien de los españoles: ni causó mella en mi ánimo el que corrió la vida de mi augusta esposa, que en este solemne momento manifiesta, como yo, el vivo deseo de que en su día se indulte a los autores de aquel atentado.
Pero tengo hoy la firmísima convicción de que serían estériles mis esfuerzos e irrealizables mis propósitos.
Estas son, Sres. Diputados, las razones que me mueven a devolver a la Nación, y en su nombre a vosotros, la Corona que me ofreció el voto nacional, haciendo de ella renuncia por mí, por mis hijos y sucesores.
Estad seguros de que al desprenderme de la Corona no me desprendo del amor de esta España, tan noble como desgraciada, y de que no llevo otro pesar que el de no haberme sido posible procurarla todo el bien que mi leal corazón para ella apetecía.
                                                                                                                                                                                                                                                                             Amadeo.
                                                                                                                                                                                                                                            Palacio de Madrid 11 de Febrero de 1873.

    I República Española, que a pesar de los proyectos y promesas que suscitó, no consiguió cambiar las reglas del juego del poder existente que permaneció en manos de las clases más pudientes y acomodadas.  La Republica, que por defecto sucedió el breve reinado de Amadeo de Saboya, fue incapaz de controlar las rencillas acumuladas a lo largo de medio siglo de antagonismo, provocando el caos. Los carlistas, en el norte, pretendieron implantar un régimen absolutista y clerical. En toda Andalucía, el movimiento federalista dio paso a una larga lista de insurrecciones cantonalistas, cuando varias ciudades proclamaron su independencia del gobierno de Madrid. En todo el país el proletario comenzó rápidamente a organizarse. Pero toda esta serie de acontecimientos se verían truncados rápidamente por que  el ejército acabó interviniendo.
   Tras la abdicación de Amadeo de Saboya, el 11 de febrero de 1873, se permitió la reincorporación de las corporaciones municipales  elegidas por sufragio universal en las elecciones de 1871, restituyendo en las mismas, a los concejales y alcaldes elegidos. Esto permitió en el año 1873, devolver la alcaldía al progresista Manuel Maldonado González, el cual se mantendría al frente de la alcaldía, hasta el golpe de estado del General Pavía, el 3 de enero de 1874, fecha en la que se da por terminada la primera experiencia republicana española.
    El mismo día de la proclamación de la I República española, diversos episodios sangrientos, fruto del espíritu revolucionario se dieron en distintas localidades españolas. Entre las que más eco provocó a nivel nacional se encontró la vecina localidad de Montilla, donde al parecer en los primeros días se originaron diversos desordenes que produjeron la quema de algunas casas y derramamientos de sangre al producirse fuertes enfrentamientos entre las gentes del pueblo y la guardia civil, resultando como consecuencia de ello varias personas muertas por disparos y otros tantos heridos por arma de fuego.
   Aguilar de la Frontera, también se impregno en esos primeros días del espíritu libertador e insurreccional de Montilla y fruto de ello llegaron también a producirse algunos altercados y enfrentamientos con la guardia civil, que había sido reforzada por los miembros de varias compañías de la capital, para contener las perturbaciones y desordenes civiles producto del cambio de gobierno.
   Fruto de esos desordenes en Aguilar, en plena madrugada del día 13 al 14 de febrero del año 1873 dos o tres personas prendieron fuego a la casa de D. Rafael Luque. La casa no estaba habitada para en ella se guardaba el grano y los aperos para la labranza que fueron destruidos por el fuego, a pesar de la extenuante labor de las autoridades y muchos vecinos durante toda la noche para intentar apagar el fuego.
   El propio ministro de gracia y justicia, el señor Salmerón, ante la gravedad de las revueltas en Montilla, Castro del Río y Aguilar de la Frontera tomo parte en el asunto ordenando inmediatamente una rápida investigación … “sin levantar la mano y con mucha energía”  -decía-, encargando a los jueces que reclamasen de las autoridades locales, la guardia civil y voluntarios republicanos el auxilio necesario para restablecer e imponer en estos pueblos el imperio de la ley e imponer a los culpables el castigo que el código señale.
Autor: Rafael Espino Navarro